jeudi 8 janvier 2009

Una (otra) historia sin fin -Tercera parte-



Poco a poco la escuela comenzó a quedarles pequeña. Ambos habían estado en la gran ciudad y extrañaban sus calles, sus parques, sus edificios y hasta sus aglomeraciones. Comentaban sobre los sitios que recordaban e intercambiaban referencias.

Era divertido enterarse de qué hacia el otro y con quién. Cómo eran los días en los que no coincidían y, en especial, cómo habían sido todos los días anteriores, aquéllos en los que no se conocían ni soñaban con encontrarse.

No es que se contaran las vidas. Por supuesto que no caerían en eso: lo mejor estaba por venir y todo lo pasado y lo presente era casi irrelevante. En ese entonces apenas empezaban a sentirse dueños de su tiempo e hicieron planes para encontrarse en sitios comunes que se transformaban al caminarlos juntos. Ya no era la plaza, la calle o el museo en el que ella o él habían vivido algo, en adelante todo eso formaría parte de su ciudad y de su historia.

Sin saberlo, sin pensarlo siquiera, estaban comenzando una danza, un ballet, una coreografía interminable, una figura absurda, multidimensional: idéntica a la que dibujan las moscas cuando vuelan en una pieza.

Un observador diría que existe una liga inmensa que los une a la manera de un niño y una niña que juegan resorte... para siempre.

(continuará).

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